martes, 29 de enero de 2013

La decisión de porcelana

Erase una vez, en un tiempo distinto y en un lugar distinto, un pequeño pueblo de artesanos. Todos vivían felices allí, hasta que un día, llegó una secta, una orden de guerreros o ninjas, o algo así, que pretendía aprovecharse del pueblo y cobrarles un impuesto. Los aldeanos, asustados y desprevenidos, al principio accedieron. Eran simples aldeanos, no podían plantar cara a una horda de guerreros.

Un buen día, un buen hombre, el alfarero, habló por la mañana con el pastor.

─Pues yo no entiendo por qué tenemos que pagar un impuesto, si nosotros vivíamos antes aquí.

─¡Ah! mi querido amigo ─dijo el pastor─. Tienes que pagarlo porque si dejas de pagarlo una vez dejaras de pagarlo para siempre. Es la norma.

─¿Y qué quieres que haga? Ya no puedo más. Mi familia tiene la mala costumbre de comer. No podemos más. Que me hagan lo que quieran ¡Que me maten! Si es menester. Pero ya no podemos más.

Y tal como lo dijo lo hizo. El alfarero osó rebelarse contra los señores de la guerra y dejó de pagar el impuesto. A la mañana siguiente al día de cobro llegó el pastor todo hecho una furia.

─¡Mira lo que has hecho! ¡Por tu culpa! Mira, aquí lo dice. ─El pastor alargó al alfarero un trozo de papel en el que explicaba cómo el pastor, en adelante, se vería privado de la mitad de su rebaño. "Dad las gracias al alfarero". Rezaba la nota─. La mitad de mi rebaño. Y ni siquiera se lo han llevado. Sólo los han dejado allí muertos. Como montones de carne picada. ¿No dices nada? ─Cuando por fin dejó de vociferar y se hubo quedado a gusto el pastor, contempló el rostro bañado en lágrimas de su amigo─. ¿Qué te pasa? ─Entonces se fijó. Toda la alfarería era una interminable colección de montoncitos de escombros que antes fueron ánforas,  búcaros, hermosos platos de cerámica y demás útiles. Meses y meses de trabajo del alfarero destrozados con la más minuciosa e impoluta crueldad.

El tiempo pasó rápido para el alfarero que no tuvo el suficiente para recuperarse antes de la feria. La falta de ingresos se notó y junto con la paulatina subida de impuestos hicieron que, poco a poco, como un buque que se hunde por un orificio ridículo, la frágil economía en casa del alfarero se derrumbara. A la bancarrota la siguieron el hambre, la enfermedad y la muerte, y todo el pueblo contempló impotente y ahogado por los impuestos como la familia del alfarero moría lentamente en unas posturas extrañamente incómodas.

La vida continuó en el pueblo, hasta que el alfarero y su familia fueron olvidados. Con el tiempo el pueblo aprendió a sobrellevar la ocupación de sus tierras malviviendo y trabajando. Todos se fueron amoldando a su miserable situación. Todos menos el pastor, que veía como su mermado rebaño era incapaz de satisfacer la hambrienta codicia de sus señores y la demanda del quesero.

─Lo siento, pero no tengo más para darte. ─dijo al quesero─. Los impuestos son muy altos y mi pobre rebaño no da para más.

─Pero hombre, no ves que así nos condenas a mí y a mis dos hijos. Míralos, ¿Cómo puedes hacerles eso? ─El pastor miró a los feos hijos del quesero y respondió─. Lo siento, son tus hijos o los míos.

Y así ocurrió que el quesero tuvo que dejar de pagar los impuestos. La noche fue larga pero por fin amaneció para que el quesero pudiera contemplar como todos sus quesos habían sido reducidos a montoncitos de queso rallado.

─¡No dioses! ¿Qué haré ahora? ¿Qué será de mis feos hijos?

Y entonces tuvo una idea. Guardó cada montoncito de queso en una taleguita de tela y cambió el cartel de la "Quesería" por el de "Queso rallado".

Y fue así como el quesero vio su negocio florecer. Las ventas se multiplicaron debido a la pronta caducidad del queso rallado, a la facilidad con que este se añade a todo y a la adicción que provoca. Se convirtió entonces el quesero en el primer burgués del pueblo, seguido del sastre que le vendía las talegas. Y alguna vez tuvieron que litigar para defenderse de las acusaciones de tráfico de sustancias adictivas, pero entre ambos acaudalar dinero suficiente como para contratar un pequeño ejército que luchara por ellos contra los malvados guerreros que resultaron no ser tantos al final.

Y así el pueblo pasó a ser feliz y explotado por sus nuevos señores, que aunque tornados avariciosos por las mieles del dinero, no lo eran tanto como los antiguos y, al menos, era gente del pueblo.

Fin

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